2020 y la Vida que debe madurar sin perder la inocencia del amor

2020 y la Vida que debe madurar sin perder la inocencia del amor
Que este año lleguemos sanos y salvos al año que viene

miércoles, 6 de junio de 2012

para que?




La casa donde me mudé en Agua de Oro es muy grande, y yo nunca viví en una casa grande. Voy y vengo por ella, ordeno, limpio, cambio el orden de los muebles, llevo y traigo mis costuras y mis libros. Cuando me siento a fumar, o a coser, escribo. 

Escribo en cualquier pausa del día, como si escribir fuera respirar o algo así. En los moldecitos de los vestidos que le hago a Lola escribo, y en la parte de atrás de las boletas del teléfono, la luz, el agua, alumbrado, barrido y limpieza. Pero extravío todo: los utensilios de limpieza, las lapiceras, los hilos y agujas, las telas de hermosos colores. ¿Dónde dejé la escoba con la que estaba barriendo hace un minuto, dónde el papel de la cuenta de la luz en cuya parte de atrás escribí un poema, en dónde el hilo azul? Apenas puedo pedirle algo a mi vieja memoria, ya se me desordena. 

Ayer escribí la entrada de hoy, para ustedes, con una cita de Lampedusa, el autor de El Gatopardo, a quien acababa de redescubrir y quería compartirlo… Compartir su mirada extraordinaria, compartir los finales del siglo XIX y los principios del XX, y Palermo, Sicilia, y Garibaldi, y su mirada -la de Lampedusa, digo- otra vez, de príncipe que se hunde en las tinieblas de la modernidad. 

No encontré lo escrito ni tampoco el libro de Lampedusa, maravilloso príncipe, ni nota alguna sobre el caso, ni la cita, claro, que decía algo relacionado con el escribir sobre cue stiones individuales para ser transformadas en… universales… bueno, a tanto no puedo llegar yo… Pero ahora que me quedé sin nada escrito para hoy, y que casualmente no tengo inspiración alguna para borronear alguna de mis locuras y extravagancias, encuentro un cuadernito bastante viejo. Se ve que yo a los cuarenta años intenté escribir mi biografía. ¡Pero intenté escribirla toda en poesía! Estos versos me salvarán, hoy.


martes, 5 de junio de 2012

Tratado de identidad



Tal como los castillos, aún los que se hacen en la arena, “nada nace, nada perece esencialmente, todo no es otra cosa que acción y reacción de la materia, son las olas del mar que se elevan y se hunden en la masa de sus aguas… es una variación infinita, miles y miles de porciones de distinta materia que aparece en múltiples formas que se derrumban y reaparecen mostrándose en otras formas para volver a aniquilarse para reaparecer de nuevo”, dice Sade, el Marqués. Y así son los castillos, que para algunos místicos simbolizan las almas, y para algunos psicólogos como Jung, también. Por eso no me asombra que toda la literatura esté bordada de castillos, pero me resulta interesante y bello. 


Hay tantos castillos en la literatura, en la buena y la mala prosa, en la buena y la mala poesía, que si no supiera que todo lo que se edifica con palabras queda sólidamente asentado en algún lugar, creería que los escritores juegan con pompas de jabón. 

Pero cientos de castillos -o miles- nos cuentan sus historias desde textos cercanos y remotos; los hay ingenuos como niñitas, los hay crueles como el de Drácula, y hay algunos que todo lo trastornan, lo dan vuelta, nos ponen los pies en la cabeza y la cabeza en los pies y nos producen una angustia que no sabemos ubicar muy bien.