2020 y la Vida que debe madurar sin perder la inocencia del amor

2020 y la Vida que debe madurar sin perder la inocencia del amor
Que este año lleguemos sanos y salvos al año que viene

domingo, 8 de diciembre de 2013

Patron básico

La inteligencia es un don, el oído es un don, los ojos son un don.

Pero yo, con mis pobres ojos miopes, he visto -o creído ver- más que muchos cuya visión es aguda como la de un águila

adorable

Sin viajar pueden recogerse piedras preciosas; en cualquier parte hay paisajes de amaneceres y atardeceres y noches alucinadas.

O primo¡¡¡

El dibujo de la sombra de las plantas es un alfabeto que se aprende, y el despuntar de un brote nos enseña a renacer para que aprendamos a ver las cosas desde otro puto de vista y Parecía saber interpretar lo que la moda te impone y desubica en un plano tempero-espacial  muy diferente al que se suele ver hoy en día… somos uno solo y muchos a la vez según el ojo con que lo mires, y trabajo con mi música y mis oídos.

Con el rostro pegado al suelo

Cada lugar es una lección de estética y la belleza se descubre escarbando. Cada lugar es el sitio de aventurarse hasta el fondo del abismo, de ser poeta y comer las migas de la vida y las manzanas de los dioses y de sentir con todas mis personas que por ejemplo el bosque es una de mis personas.

La otra noche

Entonces, quizá, los ojos no son un don si no están llenos del deseo de ver que les aporto, y la inteligencia tampoco lo es si no navega, vate sus alas, vuelve, se entromete.

producto de primer orden rojo

La actris de rojo

Recién comienzo mi rutina roja

Cobramos por robar el vestido rojo

Experimento colorado

Rojo sobre rojo

Tuuu, no tienes nada

Kilometros de historia

Cuando todo parecía perdido

Antes los seres humanos festejábamos. Desde las Saturnales hasta la Pascua de Navidad, el Año Nuevo y la Pascua de Resurrección, las fiestas de primavera, las fiestas de otoño. 

En las fiestas de otoño se celebraba que la vida hubiera llegado a su punto más alto en el verano, y que empezara a declinar. Y aunque todo sigue siendo símbolo todavía, ya no podemos festejar con alegría verdadera aquello en lo que no creemos más. 

Porque de verdad es asombroso que en los últimos años hayamos dejado de lado toda duda o especulación respecto a Dios o a los dioses: definitivamente, casi en masa, no creemos, nadie cree en lo invisible, como si los ojos no pudieran ver más allá de sus líquidos cristales. 

Y los que creen tienen que hacer extrañas magias para rebautizar a sus dioses: energía primera, etc. Esas costumbres de fiestas y conmemoraciones encubrían un corazón agradecido hasta por la muerte. Hace unos días estuve con un amigo jugando al ajedrez. 

El ajedrez es un juego que hace pensar no sólo en qué pieza -o trebejo- se debería mover para ganar, sino también en “Cuando los jugadores se hayan ido/ cuando el tiempo los haya consumido…”.

desarrollo

verde

un hombre de metal y sintético

Defenestrado

Dedos de merda

La masa real