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Mi nieta hizo entonces que no pudiera cumplir lo prometido, pero, ¡alégrense!, me dio tanta felicidad y tanto encanto que tal vez escriba mejor cuando lo haga.
Hicimos una casita en el jardín, con la que fuera la cucha de nuestra querida perra Polka.
Vino Lola, mis sueños de continuar esa especie de autobiografía amorosa para “disfrute” de algunos de ustedes se interrumpió. Lola no quiere recuerdos de pasiones sino juguetes y juegos apasionados por frenéticos, con su año y medio largo y sus ojazos que hablan más todavía que ella misma.
Esa casita ahora contiene muñequitos, libros de c
uentos adaptados -casi sólo dibujos- como “La niña que iluminó la noche”, o un libro de Ema Wolf llamado “Cómo Berta conoció a su gato”, que se los recomiendo, para todos los niños de 1 a 90 años, como dicen los anuncios de los circos.

Pero no dejo del todo de cumplir mi promesa: en lugar de la continuación les transcribo una especie de prólogo que llevan mis memorias, y todavía inconcluso, pero que es un adelanto especial para ustedes, mis amorosos lectores, mis amados.
El tiempo pasó en la forma de una enorme escoba que barrió toda tierra sobre mí, debajo de mí, todo alrededor.
Parece que el tiempo fue un viento que me limpió de deseos y esperanzas, como en las enseñanzas zen.
Digo esto como una mujer vieja que mira la noche detrás del vidrio de su cuarto.
Examino mi cuerpo; la piel ha vuelto a ser suave: ahora es de pergamino; miro los pétalos de las flores del jardín con cierto resentimiento.
“Recuerda, cuerpo, cuánto te amaron” (no sé si el propio poeta -Kavafis- recordaba en verdad cuánto su cuerpo había sido amado cuando escribió ese verso. ¿Es posible que las caricias estén inscriptas imborrablemente?).
Creo que desaparecen cuando la piel se renueva -no, el cuerpo no recuerda
La memoria recuerda al cuerpo que la alojó y me dice que para hablar de la vida amorosa exclusivamente, que haya penas, que haya lágrimas…
Es una habitación cerrada esta memoria. Es -si hago crecer esa habitación- un mundo desaparecido cuyos cantos todavía se escuchan en la oscuridad del recuerdo profundo, de lo sin olvido profundo, como si en la parte de la ”memoria colectiva” que me tocó cantaran todavía sirenas alejándose.
Vino Lola, mis sueños de continuar esa especie de autobiografía amorosa para “disfrute” de algunos de ustedes se interrumpió.
Lola no quiere recuerdos de pasiones sino juguetes y juegos apasionados por frenéticos, con su año y medio largo y sus ojazos que hablan más todavía que ella misma.
Mi nieta hizo entonces que no pudiera cumplir lo prometido, pero, ¡alégrense!, me dio tanta felicidad y tanto encanto que tal vez escriba mejor cuando lo haga.
Hicimos una casita en el jardín, con la que fuera la cucha de nuestra querida perra Polka. Esa casita ahora contiene muñequitos, libros de cuentos adaptados -casi sólo dibujos- como “La niña que iluminó la noche”, o un libro de Ema Wolf llamado “Cómo Berta conoció a su gato”, que se los recomiendo, para todos los niños de 1 a 90 años, como dicen los anuncios de los circos.
Pero no dejo del todo de cumplir mi promesa: en lugar de la continuación les transcribo una especie de prólogo que llevan mis memorias, y todavía inconcluso, pero que es un adelanto especial para ustedes, mis amorosos lectores, mis amados.
Hoy iba a escribir sobre “la inspiración”. Me parece un tema nada menor entre la gente a la que le gusta escribir, y también entre aquella que ama la literatura sin necesidad de hacerle borrones -como a menudo hago.
Pero un suceso que puede parecer mínimo -entre los sucesos que transcurren “máximos” en el planeta -me deprimió, me borró, me puso pensativa para adentro:
Se llevaron mi computadora llena de cuentos, novelas y poemas -es decir, millones de borrones- para ver si pudieran salvar el disco rígido.
Por eso apelo a un retrato que hice hace mucho tiempo, que puede interesar-tal vez, no estoy segura-, y que apareció con algunos papeles que se salvaron de la posible extinción por estar impresos.