BorgesMe pregunto si él estaba allí, si yo estaba allí, si conversamos, si aquella vez, antes, cuando yo tenía 17 o 18 años, rocé su traje.
¿Cómo puede existir un amor así, sin sexo, sin deseo, sin que el destinatario lo conozca, pero apasionado, total?

Me parece que de esta manera aman a Dios los místicos. Cuando se habla de Borges , o cuando en mi trabajo de correctora me toca algún ensayo que lo nombra, siento como si mencionaran a mi hijo, a mi hermano, a mi padre, a mi amante, a alguien tan familiar y tan querido, pero que debo mantener en secreto.

¿Cuál es la cuestión? ¿Borges es mío? Seguro me están diagnosticando -locura-, pero, absolutamente, Borges es mío.
Cuando lo leo, y leo una de esas frases en las cuales está todo su humor, su ironía perfecta, siento que es un juego para mí, un código que sólo él y yo compartimos. Y me río como de una danza particular que disfruto, un misterio de amantes.

¿Puede estar muerto quien está tan vivo que parece salirse de sus libros, emerger de sus frases con una carcajada, con aquella sonrisa tan fresca, tan hermosa en aquella cara que nunca pude ver como la de un anciano ciego?

El café
Siempre ando buscando algo más en el café. Su olor me promete tanto. Preparar el café pensando en que voy a tomármelo es una fiesta. Lo hago como un regalo que me hago a mí misma, aunque sepa que después, quizá, no estoy segura, me hace mal.

Aunque cuando lo tomo, cada vez, la decepción es mayor. No es posible beberse el aroma, y éste se diluye en el líquido.
Nada me hace desearlo más que pasar por una cafetería y sentir su perfume. Me digo: aquí está el café que yo estaba buscando.
Pero si entro, y lo pido, siempre es más o menos lo mismo, agua marrón en donde sopla una vaga estela, un rastro, una sospecha, de aquel increíble aroma.

Aunque cuando lo tomo, cada vez, la decepción es mayor. No es posible beberse el aroma, y éste se diluye en el líquido.
Nada me hace desearlo más que pasar por una cafetería y sentir su perfume. Me digo: aquí está el café que yo estaba buscando.

Pero si entro, y lo pido, siempre es más o menos lo mismo, agua marrón en donde sopla una vaga estela, un rastro, una sospecha, de aquel increíble aroma.
Lo -o la- gay
Más allá de cualquier coyuntural naturalización del tema -matrimonio gay, etc.-, nada excita tanto el interés de las mujeres como una conversación sobre los gays.

Perdón, no sobre los, sino sobre las gays. Es curiosísima la conclusión que podría extraerse de esto, pero… estoy muy cansada sobre el tema…
Sé cómo miran las mujeres cuando descubren que alguien lo es; miro cómo las miramos.
y nos dan cierto asco, sierto asquito que no puedo describirlo con palabras.

El vientre de la Tierra
Veo a la Tierra como a una mujer enorme y milagrosa. Y a veces es cruel.
En su vientre el fuego se convierte en piedras preciosas el color destella en la negrura, es un vientre maternal, y una tumba. Siento que la Tierra es sagrada, es una diosa que llama por su nombre a los que elige.

Y que a los treinta y tres mineros a quienes cuida y a quienes sepultó, los convocó uno a uno de ese modo. Al número 34, quién sabe por qué, lo dejó ir… Estoy segura de que esos mineros están aprendiendo una lengua nueva, lengua de las entrañas, lengua del amor.
Volverán sabios esos 32 hijos de Chile y el hijo de Bolivia.

Les envío uno de los cuentos más mágicos del mundo, relativo a una mina y un minero. Pertenece a Johann Peter Hebel:
Inesperado encuentro
“En Falun, Suecia, hace ya más de cincuenta años, un joven minero besó a su joven y bella novia y le dijo: ‘El día de Santa Lucía nuestro amor será bendecido por la mano del sacerdote; y entonces seremos marido y mujer y nos construiremos nuestro nido, nuestro propio nido’.

‘Y en él habitarán la paz y el amor -dijo la hermosa doncella, sonriendo dulcemente-, porque tú eres mi vida, y sin ti antes quisiera yo estar en la tumba que en otro lugar.’

“Pero cuando, poco antes del día de Santa Lucía, el sacerdote había preguntado por segunda vez en la iglesia si nadie sabía de algo que pudiera impedir la unión matrimonial de los novios, se presentó la muerte.

Porque cuando a la mañana siguiente el joven pasó con su negro traje de minero por la casa de ella (el minero siempre lleva puesto su hábito mortuorio), tocó todavía una vez a su ventana y le dio los buenos días, pero ya no le volvió a dar las buenas noches.

Nunca regresó de la mina; y esa misma mañana, en vano orló ella con rojo listón el negro pañuelo que él debía llevar el día de la boda, sino que al ver que nunca más volvió, guardó el pañuelo y lloró por su amigo y no lo olvidó jamás.

El rey Gustavo de Suecia conquistó la Finlandia rusa; comenzó la Revolución Francesa y la larga guerra, y a su vez bajó a la tumba el emperador Leopoldo II.

Napoleón conquistó a Prusia, y los ingleses bombardearon Copenhague, y los labriego sembraban y segaban. El molinero molía, y los herreros forjaban, los mineros cavaban en busca de veneros en su subterráneo taller.

LA MADRE DE LOS IDIOTAS ESTA SIEMPRE EN CINTA